Hablar de Stencil, para muchos, significa discutir de vandalismo, delincuencia… y en últimas, de violencia, desproporción o extravagancia, términos además asociados con la fealdad y lo grotesco. Pero más allá de cualquier tipo de prejuicio, y atendiendo las nociones modernas de arte y de libertad de expresión, el stencil es una manifestación artística, cultural y publicitaria -en el buen sentido del término- en la que sale a flote la sensibilidad, circulan ideas y se interviene el espacio.
La noche, la clandestinidad y el anonimato son los mejores aliados de estos profesionales de la plantilla y el aerosol, que caminan las calles, colorean la oscuridad y le ofrecen una perspectiva reflexiva a desprevenidos y especialistas.
El stencil insinúa, sugiere, lleva a la reflexión, transgrede: si el mundo moderno que arranca en el siglo XV, sabe apreciar la verdad de la belleza, -que ya no corresponde a la idealización de la figura-, y ofrece un panorama basado en cánones que se reinventan con constancia y juegan experimentalmente con el mundo de la vida, ese conjunto de trazos que configuran al stencil, ofrecen también, a su modo, un espectáculo donde lo bello y lo sublime se cruzan, y donde es posible conseguir una verdadera embriaguez estética -que exige, vaya paradoja, la sobriedad absoluta de los sentidos-.
William Gallego Serrano, artista plástico, y “stencilero” de vieja data, afirma con contundencia que “cada momento en la calle, cada diseño pensado y todo trabajo para la plantilla, involucran afectos, imágenes, insatisfacciones y necesidades que revientan cuando llegado el momento, la tinta vuelve realidad una fantasía de ver algo en un muro que muchos repararán” es entonces allí, cuando se evidencia esa unión de lo físico de un lugar con la apropiación y asimilación social, donde a pesar de los prejuicios, el mensaje opera su letal entramado, que no es otro diferente al de despertar ironía mediante elementos cotidianos.
“El stencil es libertad” con estas simples palabras define Gallego, la gran ventaja de quien ejercita el arte que vuela lejos de la jaula del museo.
Siguiendo un lúcido planteamiento de la socióloga antioqueña Mariela Castaño, cabe anotar que con respecto a este tipo de expresiones, la gente del común no se atreve a hacer una simple distinción: la de violencia y conflicto. Anota la profesora Castaño, que el conflicto es propio del ser humano, responde a la diferencia, y es constructivo. Por su parte, la violencia es el resultado de una elección por parte del individuo, no siendo natural al ser humano, surge además como mecanismo de legitimación, resultando en la mayor de las veces, destructiva.
Nada pues más alejado de la realidad que asociar el fenómeno del stencil con la violencia o la destrucción. El stencil, tal y como lo reafirma la antropóloga Marina Cano, responde a un conflicto: “el conflicto del ser humano con su sistema económico, con su cultura, con sus creencias y con sus dirigentes”.
Y evidentemente, en los antecedentes de la técnica del stencil, se registran este tipo de conflictos con el entorno, llevados de bella manera a la manifestación gráfica. Los conocedores del tema, afirman que en los primeros pictogramas (tatarabuelos del stencil), hallados en las cuevas prehistóricas y tumbas faraónicas, aparecen las huellas y rastros de las dificultades de los humanos en la caza, o en su relación con lo divino. Sin embargo, y en ello debemos ser honestos, la primera vez que adquirió sentido político fue en la década del 40, con plantillas y pinturas que utilizaron los fascistas italianos para transmitir sus mensajes. Veinte años más tarde fue apropiado por los estudiantes del Mayo francés. Y luego por los movimientos revolucionarios de México y el País Vasco en la década del 70, a partir de allí, se popularizarán en la mente y mano de quienes advierten y delatan lo nocivo en términos políticos, económicos, de comunicación masiva…
Siguiendo a Renato Barili, uno de los más brillantes historiadores del arte, que rescata la tesis Hegeliana de que todo arte, “es arte de su tiempo”, podemos decir que el stencil, hijo ilegítimo de la pintura y la escultura, grabado rápido de plantilla y aerosol, responde a un tiempo: el de la consolidación y desarrollo de las grandes urbes, el gran desarrollo industrial y la revolución digital. El stencil es, siguiendo entonces este razonamiento, una práctica contextualizada dentro de un clima cultural “mundializado”, caracterizado por la circulación masiva de información, de ideas y de “referencias globales” (Bush, Coca cola, Irak, Holocausto judío, Armas nucleares, el hambre, África).
En este sentido, Se puede hablar de interventores que tejen relaciones con el campo del arte, el diseño y el de la publicidad, con marcadas referencias a la “cultura de masas” y su reinvención o subversión. No resulta entonces un misterio que quienes comunican a través del stencil, acceden privilegiadamente al mundo de la cultura, y saben que es mal entendida y asumida (la leen críticamente): el acceso al stencil se relaciona con la posesión de ciertas referencias culturales mundiales diferencialmente distribuidas en el espacio social, permitiendo “voltear” o transgredir esferas aparentemente intocables, desde un punto de vista espectacular a toda costa.
Muchos “stencileros”, entre ellos el reconocido Cristian K y William “fito” (Medellinenses), se adhieren a la tesis de que la cultura en las actuales “sociedades capitalistas” articula una doble función, como lo plantean estudios serios sobre el tema: “por un lado, es instrumento de difusión masiva de valores que afianzan las desigualdades entre las gentes y los pueblos; y por el otro se convierte en simple mercancía susceptible intercambiada como cualquier artículo”. Allí es donde el arte tiene algo que decir, y lo dice con ironía, con sátira y hasta con rabia o humor. Son los sentimientos y los valores que el artista sabe plasmar con propiedad.
La creación no tiene límites, incluso puede responder al estímulo de la desigualdad, de la pobreza, de la manipulación masiva. El viejo adagio: “si la prensa es del capital, las paredes son nuestras”, sintetiza esta moderna expresión de las calles, donde el lienzo no es el rectángulo cerrado de los museos o los libros, donde la mugre y el gris cemento revitalizan la reflexión, una reflexión que estimula y sugiere. Es el stencil pues, un arte de la sugerencia, que aventura unas nuevas relaciones del ser humano con su entorno, que responde a un tiempo y espacio (la urbe) precisos, que cuenta historias y transgrede valores.
[AUDIO] Stencil, breve reseña
Vale recordar que la diferencia y el desconocimiento, producen miedos en muchas y muchos, produce desconfianzas y conflictos mal resueltos. Que sea esta una feliz ocasión para acercarse de manera más fluida a una cosmovisión y una manera novedosa de ver y entender el mundo que nos rodea a través del arte, el arte en muros y callejas.
El Stencil: más que imágenes…


